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lunes, 1 de octubre de 2012

El Miedo


Uno de los sentimientos con los que más estrecha relación establecemos, es sin duda el miedo.
Sentimos miedo por todo aquello que no controlamos o desconocemos; absurdo sentimiento en una existencia donde no controlamos casi nada y conocemos poco de muy poco.
El miedo; ese cruel compañero que se ceba con los débiles y doblega a los fuertes, ese que intentamos siempre acallar y que sólo conseguimos disimular; carcelero del alma y aniquilador de conciencias. Sometedor de voluntades al que rendimos pleitesía, mientras urdimos su caída.
Ese que nos fustiga y nos alimenta, ese que nos impide caminar y que a la vez nos apremia a hacerlo. El que nos examina y nos pone a prueba, el que nos enseña y nos descubre; ese cuyo reino crece cuanto menos ahondamos en el nuestro.
Existen dos tipos de miedos: el de la mente y el del alma, el físico y el etéreo.  Ambos se solapan, se alimentan y se hieren. Son hermanos que se odian y se quieren en un baile de angustias. Nacidos del pensamiento como respuesta de la memoria a hechos que nos desbordan.

Nacemos sin el miedo, pero pronto lo aprendemos. A veces llega suave, a veces a traición, otras como un viento gélido que inunda el corazón, y no es más que la respuesta a nuestra indefensión.
No nacemos con él, pero todos lo experimentamos desde el mismo momento que desarrollamos la conciencia, pues su origen está en el pensamiento, es la alarma de la mente a una situación en la que estamos en clara desventaja, al igual que el dolor lo es del cuerpo.
Cuando llega, instintivamente pensamos que tenemos que vencerlo, destruirlo o imponernos, pero no siempre es posible superar nuestra desventaja, y cuando no lo conseguimos cometemos el error de avergonzarnos y de esconderlo, levantando un muro entre ambos para mantenerlo oculto y lejos del castigo de la mente, para así, no sentirnos débiles y ridículos. Sin pensar que el muro no sirve de nada, que el miedo se extiende como el agua y crece como la hiedra si no lo afrontamos. Que seguirá creciendo y creciendo hiriendo cada vez más nuestra mente y nuestra conducta.
Afrontarlo no siempre es ganar ni superar una imposible desventaja, afrontarlo es aprenderlo, entenderlo, analizarlo y llegado el caso aceptarlo. Tenemos que escuchar su sonido, su palabra, establecer una comunicación, y dejará de llamarse miedo para llamarse reflexión.
Si lo logramos, será siempre nuestro  compañero y ya no crecerá, permanecerá a nuestro lado en su justa medida como una más de nuestras cualidades, y dejará de hacernos daño, de ser una debilidad, pasando a ser una más de nuestras excelencias.

No des nunca la espalda al miedo, míralo siempre de frente y como parte de ti que es, escúchalo y apréndelo. Siempre te hablará de ti. 




1 comentario:

  1. Muy bien descrito, claro y conciso; el miedo termina siendo una debilidad y otro miedo mas, el miedo a tener miedo, el miedo a las cin secuencias de tener o no miedo y así podríamos generalizar. El miedo normalmente surge al no saber si algo existe, es real o no, el día en el cual nazca alguien sin miedo, traerá como consecuencias un cambio en la sociedad...

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