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miércoles, 16 de enero de 2013

La Felicidad


La felicidad no es más que congraciarte contigo mismo y conseguir que tu mente sienta una gran empatía por tu corazón, rompiendo la barrera entre lo mundano y lo espiritual.

Vivimos en una sociedad no pensada para el hombre y sus virtudes, muy al contrario está basada en potenciar todas sus miserias, como la envidia, el orgullo, la prepotencia, el egoísmo, la avaricia y el egocentrismo. Cuanto más lejos llevemos estas miserias más felices nos sentiremos, pues seremos más fuertes y más listos que la mayoría. Eso sí, siempre que todos se enteren bien de hasta donde has llegado y de cuál es tu estatus material, pues esto es lo que falsamente te hace feliz. “Si nadie se entera desaparece la felicidad.”

Buscamos desesperadamente la felicidad en el éxito, el dinero, la posesión y en demostrar que somos mejores que el vecino, pero todo esto son simples placebos con los que nos auto medicamos, y que sólo nos aportan aparente felicidad mientras los ingerimos. Luego sólo queda ese vacío que tanto pesa y sentimos la necesidad de proclamar nuestros éxitos, nuestras conquistas, nuestros decorados, para intentar acallarlo y así hacer creer a los demás que está lleno. Es como si tuviéramos en el fondo del estómago una pesada piedra sobre la que revolotean los placebos que no consiguen aligerar su peso, sólo la satisfacción de que los demás no lo noten.

La verdadera felicidad está en el día a día y en los pequeños placeres de la vida. No es necesario ser más que nadie ni ganar grandes sumas de dinero, pues la mayor parte del estado del bienestar, se encuentra en nuestro comportamiento diario y en como pensamos en nosotros y en los demás. Sobre todo la felicidad está en sentirte bien contigo mismo de forma sincera y sin mentiras, todos tenemos algo por lo que sentirnos felices y debemos buscarlo diariamente. La verdadera felicidad es aquella que une tu alma con tu mente, aquella que no necesita que nadie se entere de lo que haces para que te sepa a algo, aquella que no deja piedras en el estómago y que por extensión salpica a los demás.

Tenemos tan perdido el sentido de la felicidad que aunque éste debiera ser natural, tenemos que aprenderlo y ejercitarlo valorando cada día lo que somos, admirando lo que nos rodea, siendo conscientes de nuestra grandeza como individuo y muy humildes de corazón. Lo que necesitamos para conseguirla no es una vida cómoda sino un corazón enamorado de la vida.

Cuando damos cariño y gratitud o nos entregamos a los demás somos más felices que cuando recibimos. Proponte hacer varios actos de amabilidad al día y veras que bien te sientes. Piensa en positivo y valora todos esos pequeños detalles que te rodean cada día y verás cómo se va afianzando tu felicidad.
La auténtica felicidad no se paga con dinero, solo hay que tomarla, pero nos empeñamos en comprar la cara, fría y falsa que nos venden pues no sabemos ser realmente felices, sólo sabemos aparentarlo y nos conformamos con que los demás lo crean, pasando por esta vida sin conocerla y montados en el tren del orgullo. Tenemos que llegar a entender que la felicidad es un trayecto y no un utópico destino.

La felicidad es simplemente querer ser lo que uno es y ser necesitado.









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