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domingo, 30 de noviembre de 2014

CUANDO EL VACÍO MUERDE

Todos tenemos nuestro propio vacío, ese que está tan lleno de ti y que tanto la apariencia como las formas acallan, el que se pierde en su oscuridad y cuya luz te confunde.

El vacío es la llamada de tu esencia, la antítesis de interactuar, la frontera que no descansa y tu mundo desconocido. Es al que engañas con la esperanza de que la pena sea más leve, y en el que sólo consigues encender algunas velas cuando lo miras, ese del que te olvidas cuando la vida te sonríe y cuya gravedad disminuye, cuanto más cerca estas de él.

Es el grito ahogado de tus posibilidades, el reproche de una pila mal consumida y la acusación de una valoración mal encausada. El vacío muerde en su destierro porque se siente indefenso ante el tiempo, y se engrandece cuanto mejores son tus posibilidades así como mayor la pérdida.
Es la mariposa encendida que flota abandonada en un recipiente bañado en aceite, que la vida consume con la ansiedad que marcan sus avatares.

El vacío es el origen que reclama el olvido y en cuya puerta gobierna el tiempo. Es aquél al que te enfrentas en la distancia con el pavoneo de los éxitos, es el enemigo que lucha por tu supervivencia y la amarga ansiedad que se come el tiempo, tanto como al orgullo que merece el esfuerzo.
Oscuras cavidades que guardan tus anhelos, tus reproches, y cuya esperanza grita su soledad, su exilio y su única conexión con la vida: tus oídos revertidos.


El vacío no eres más que tú, en un mundo donde es imposible darlo todo.